miércoles 4 de noviembre de 2009

Tiempo muerto

No sé muy bien por dónde empezar esto.

El blog me ha ayudado desde el inicio a quererme más como persona, a valorar lo que hago y lo que me gusta y a luchar por llegar a lo más alto.
Empecé aquí siendo una niña (ahora lo soy menos). No sabía escribir (tampoco es que ahora sepa), pero me encantaba ver un comentario nuevo animándome, diciéndome que lo hacía de maravilla, que les encantaba lo que escribía. Me sentía halagada, realizada.

Estos últimos meses he actualizado cada vez menos, casi ni tengo tiempo de leeros a todos y mucho menos de poder escribir todo lo que quisiera.
Os he regalado las historias más profundas de mi imaginación, las he compartido con vosotros, he llorado y he reído con las situaciones que os he narrado. He sufrido con esos personajes ficticios. He compartido con vosotros sentimientos que quizás no podrán describirse nunca, y no sabéis cuánto os lo agradezco.

En definitiva, he madurado y crecido como persona gracias a este blog.
Pero no todo dura para siempre. Esta no es una despedida, al menos eso espero. Estaré un tiempo lejos del blog, usaré ese tiempo para escribir y terminar muchos proyectos que dejé a medias.

Mi sueño siempre será llegar a ser escritora. Y vosotros me habéis enseñado a luchar por ellos, por los sueños.
Por tanto, pido un tiempo muerto, una tregua. Me voy a seguir mi camino, a intentar llegar hasta la cima. Espero conseguirlo, pero si no lo hago, si no llego hasta la meta que me he marcado, estaré orgullosa de, al menos, no estar aún en el pie de la montaña.

Muchas gracias a todos.
Saludos,

sábado 10 de octubre de 2009

Accidente - 5ª y última parte

Pero sentía que Sergio estaba en alguna parte, observándome. Sentía que no me había abandonado, al menos no en alma. Y aquello me dio fuerzas para seguir luchando. Con el tiempo conseguí un trabajo, una casa, y una mejor vida para los dos. Ofrecí a mi hijo todo cuanto estuvo en mis manos, le eduqué para que fuera un chico responsable y digno de admirar. Y creo que lo he conseguido. No sólo le eduqué, él también me enseñó a madurar, a ser fuerte, a no escuchar los comentarios de la gente y a superarme día a día.

Estoy orgullosa de ver en lo que se ha convertido. Y seguro que su padre también lo está.

Un chico de dieciocho años me observaba con ojos comprensivos. Le miré por unos segundos y por un momento vi, reflejada en su rostro, la nítida imagen de su padre.

—Mamá, te quiero. Gracias por estar ahí.



viernes 9 de octubre de 2009

Accidente - 4ª Parte

En segundos, el coche salió de la carretera, dio tres vueltas de campana y quedó, finalmente, apoyado del lado izquierdo al final del barranco.

No podía moverme, pero mis manos continuaban aferradas al asiento del copiloto. El cinturón de seguridad me aprisionaba con fuerza el pecho, aunque era consciente de que caería hacia mi novio si me lo desabrochaba.

—Sergio... Sergio, ¿estás bien? —alcancé a pronunciar. Obtuve silencio por toda respuesta. Giré levemente la cabeza para mirarle, con el presentimiento de quien sabe que no va a encontrar nada agradable.

El rostro ensangrentado de Sergio apuntaba hacia mi barriga con una expresión de tristeza. En aquel momento no entendí el porqué de aquella mirada. No entendía que la vida se le estaba escapando, sin que él pudiera hacer nada.

—Sabrás cuidar de él, yo te ayudaré —fue la última frase que, entre respiraciones entrecortadas, alcanzó a pronunciar.

La ambulancia llegó pronto, pero demasiado tarde para él. Cuando consiguieron sacar su cuerpo del coche destrozado ya no respiraba. Sorprendentemente, yo había resultado sana y salva. Apenas tenía unos cuantos arañazos y recuerdo que, en aquel momento, lo único que deseé fue estar en el lugar de Sergio.

Los meses siguientes fueron una pesadilla. Sólo sentía odio y rabia hacia Sergio. Mi familia tardó en aceptar mi embarazo, mis amigas dejaron de serlo cuando se enteraron, ya que sus padres les prohibieron salir conmigo. Como si se les fuera a pegar mi repentina carga de responsabilidad, ¡qué tontería!.

martes 6 de octubre de 2009

Accidente - 3ª Parte

Las dos lágrimas que habían brotado de los ojos guiaron a un gran ejército que se encaminó hacia la barbilla, precipitándose al vacío y estrellándose contra la camisa blanca.

—¡Tú! —pronuncié, en un grado mucho más agudo del tono natural de mi voz.

Por un momento deseé que existiera un Predictor para padres capaz de disipar las dudas y enfrentarles a la proporcional madurez y responsabilidad que una chica de tan sólo dieciséis años, como yo, habría de cargar encima. Pero en este momento hasta las herramientas científicas más infalibles del planeta se volvían inciertas e imposibles.

—¡No puede ser! ¡No puede ser! —gritaba constantemente, y el rugido del motor parecía luchar contra su razón.— ¡Tengo dieciocho años!

—¡Y yo dieciséis! —grité desconsolada, aún sin comprender el por qué de estas declaraciones. Ambos conocíamos de sobra nuestra edad.— ¡Frena, por favor! —le supliqué de nuevo. Mi estómago comenzaba a revolverse y sentía unas profundas náuseas.

Llegábamos a una de las curvas más peligrosas de aquella carretera, y Sergio no tuvo tiempo para aminorar la velocidad. Todo sucedió demasiado rápido.



miércoles 30 de septiembre de 2009

Accidente - 2ª Parte

El aire dejó de acariciar mi rostro para arañarlo, el oxígeno volvió a desaparecer y le sustituyó aquel desagradable dióxido de carbono. El cristal de la ventana pareció cerrarse de nuevo, y la organización y certeza por las que se guiaba mi vida se convirtieron de pronto en antónimos.

El espacio del coche pareció todavía más reducido, y mi respiración se fue complicando a medida que sucedían los segundos.

Dos lágrimas brotaron silenciosas de mis ojos por toda respuesta, y él las advirtió al instante, entre la tenue luz de las farolas que iluminaban la carretera. Todavía no me explicaba cómo lo había adivinado. Qué le había revelado tal secreto que desde hacía tres semanas únicamente compartía con mis tres predictores y sus tres respuestas afirmativas. Pero mis cuerdas vocales se habían declarado en huelga, anunciando no pronunciar sonido alguno en los próximos minutos.

El latido de su corazón ascendió rápidamente a la velocidad del mío, y ambos dieron coro al rugido del motor. El velocímetro alcanzó los 140 km/hora, y mis manos se aferraron al asiento en un acto reflejo.

Las cuerdas vocales se pusieron en funcionamiento rápidamente, pues preferían retomar la huelga más tarde a morir por la cabezonería:

—No corras tanto, por favor. Me estoy mareando —pronuncié débilmente, y agradecí a las cuerdas vocales su instinto de supervivencia.

Pero Hugo no reaccionó al instante, y antes de que terminara mi súplica, volvió a preguntar, casi gritando de desesperación:

—¿Y quién es el padre?



martes 29 de septiembre de 2009

Accidente - 1ª Parte

En el pequeño espacio que nos restaba el Audi TT descapotable de dos puertas, apenas había oxígeno al que aferrarse para seguir respirando. El silencio parecía absorberlo todo, y devolver un putrefacto dióxido de carbono en su lugar.

Accioné el botón del elevalunas y bajé tres centímetros la ventana del asiento del copiloto. El aire frío acarició mi cara y una bocanada de oxígeno se coló por la boca y las cavidades nasales, ofreciéndome un instante de relajación y alivio que jamás volvería a experimentar. Un instante en el que todo volvió a parecer perfectamente organizado. Instante en el que no existieron las vacilaciones y todo estuvo absolutamente claro, cristalino.

Pero los instantes son sólo eso, instantes. Y aquella agradable sensación se esfumó por completo cuando mi novio, recién cumplida la mayoría de edad, y al volante del precioso vehículo que le acababan de regalar, inquirió, con voz indecisa y entrecortada:

—¿Es...es...estás... embarazada?

CONTINUARÁ



miércoles 2 de septiembre de 2009

Ladrón de infancia

Thania fijó su rostro, aún infantil, delante del espejo, roto y desintegrado por las esquinas. No le gustó lo que vio. No le gustaba desde hacía ya dos semanas, cuando sus padres decidieron cambiarla por una lavadora, con la esperanza de que su hija tuviera mejor futuro con el hombre que la compraba.

Se equivocaron. Les engañaron. Se engañaron a ellos mismos. ¿Todavía no habían aprendido de la vida que nada en ella era gratis?¿Que no existía la gente buena y solidaria, sino un puñado de intereses maliciosos con patas?

Con su metro y cincuenta y seis centímetros, ella ya era consciente de aquella enseñanza de vida que no se aprende en habitaciones cuadriculadas repletas de pupitres, pizarras y maestros que piensan que las únicas enseñanzas válidas son las que ellos prestan. Thania había aprendido a desconfiar hasta de su propia sombra, a no regalar nada por pena o compasión, y a aprovechar cualquier contexto u horario para ejercer su impuesta profesión.

Con tan sólo doce años, sus ropas y pinturas, atusadas suavemente en su enjuto cuerpo, le daban el aspecto de una chica de dieciséis. Sus pechos todavía eran tenues bultos difíciles de detectar bajo el vestido estampado, pero no era una desventaja, pues su cuerpo presentaba unas curvas infinitas muy deseadas por los hombres.

Recordaba la noche anterior, en la que un importante hombre de negocios se había presentado en la casa de su dueño para solicitar una noche con ella. Una noche intensa y oscura de la que Thania se acordaría el resto de su vida.

Cuando ambos llegaron al hotel, el importante hombre de negocios instó a Thania a entrar en la habitación. Tras la pulcra puerta del hotel de cinco estrellas, aguardaban otros tres hombres con los que Thania también habría de compartir su noche. Todos estaban ebrios y sus miradas ardían de deseo cuando se posaban en su joven cuerpo, cual manzana roja y sabrosa, pero sin veneno.

Las horas restantes a su llegada, transcurrieron lentas, silenciosas e indiferentes al sufrimento de Thania. En aquel momento no hubo un Dios para ayudarla, no había un ángel para salvarla. Y a la mañana siguiente, mientras ella se lavaba en el desvencijado cuarto de baño de la casa de su dueño, tampoco hubo nadie para secar sus lágrimas y consolarla.

¿Por qué ella? ¿Qué había hecho, a qué o a quién había cabreado para merecer todo aquello?

La voz de su dueño le regresó a la realidad, mientras le ordenaba que fuera ya hacia su habitación.

Thania se lavó la cara, calmando sus rojizos e hinchados ojos, frutos del desconsuelo, y caminó hacia la habitación de su dueño, semidesnuda, preparada para otra nueva enseñanza. Observó al ladrón de su infancia con mirada vacía, imperturbable, y avanzó decidida hacia unos brazos que jamás regalarían felicidad.

ir arriba