sábado 11 de julio de 2009

Carta con destino al cielo

Querido papá:

Hola, soy tu hijo Nacho. No sé cuándo te llegará esta carta, porque el cartero me ha dicho que las cartas con destino al cielo tardan mucho en llegar.

¿Cómo estás? Mamá me ha dicho que en el cielo se está muy bien, porque nadie que haya ido hasta allí ha vuelto, y que eso es buena señal. Y eso me pone muy contento. Pero si en algún momento no estás bien allí arriba, puedes volver aquí cuando quieras, ¿vale?.

La verdad es que aquí te echamos mucho de menos. Mamá llora todas las noches, porque dice que ahora se le queda la cama muy grande para ella. Así que algunas noches me voy a dormir con ella y le llevo la foto que nos hicimos aquel año en Teruel, los tres juntos. A mamá le encanta esa foto, y se queda mirándola mucho tiempo, acariciándote con el dedo. Dice que no tenías que haberte ido, pero yo le explico que esto no lo elegiste tú. Que seguro que tú querrías quedarte aquí con nosotros, pero tuvimos mala suerte. Cuando se lo explico, ella llora mucho más, pero yo la abrazo y le digo que no se preocupe, que tú estás con nosotros aunque no te veamos. Que eres nuestro ángel de la guarda y que no vas a dejar que nos pase nada malo. Ella entonces sonríe y se duerme.

En el cole ya nadie se mete conmigo, y estoy seguro de que es por tí, porque me defiendes aunque no te pueda ver. Estoy orgulloso de tener un papá como tú.

Sé que te encantaría estar aquí con nosotros, y poderme abrazar y dar besos como lo hacías siempre, pero “en la vida no siempre sale todo como uno desea”. Me acuerdo mucho de esa frase que me repetías una y otra vez. Entonces no la entendía, pero ahora ya sí.

Bueno, no te cuento más cosas porque el cartero me ha explicado que si la carta es muy larga, pesa más y tarda mucho más en llegar. Así que te escribiré cartas más cortitas para que te lleguen antes.

Mamá y yo te queremos mucho y nunca te olvidaremos. Queremos que seas nuestro ángel de la guarda para siempre.

Mándales un saludo de mi parte a todos tus amigos de allí arriba, que seguro que ya tienes un montón.

Algún día estaremos juntos otra vez.

Tu hijo, Nacho.

miércoles 17 de junio de 2009

Elena (Segunda parte)

Si no leíste la primera parte del relato, haz click aquí

Elena se encontraba en la profundidad del río y, a pesar de que las aguas avanzaban velozmente, ella permanecía inmóvil. Una enorme burbuja de oxígeno la rodeaba y le impedía ahogarse. Miró hacia arriba y observó que el cielo había cambiado. Ahora no podía ver ni una sola nube, y el Sol relucía con fuerza sobre el paisaje.

Entonces ocurrió. Unos pequeños pies se zambullieron en el agua, y una niña provista de un bikini rojo estampado empezó a nadar por la superfície. Elena reconoció enseguida aquel bikini. Tendría seis años cuando su madre se lo compró, como regalo de fin de curso. Fue la envidia de todas las niñas del pueblo, pues el bikini era de Italia, nada más y nada menos, y eso para unas niñas de seis años queda tan lejos que parece haber venido del cielo.

La niña empezó a bucear. Parecía buscar algo.

“No, esto no puede estar pasando”, se dijo Elena.

La niña giró la cabeza y la vio. La vio a ella. Empezó a bucear hasta alcanzarla y permaneció allí un tiempo, inmóvil, mirándola a los ojos y sonriendo.

Elena no daba crédito a lo que veía. ¡Era ella de pequeña! ¡Era ella, treinta años atrás! Se había reconocido al instante y ello quería decir que no había cambiado tanto. Quería decir que aún tenía tiempo de volver a ser aquella niña. La pequeña le tendió la mano y Elena la agarró con fuerza. Por primera vez en aquel día, sintió miedo.

Un segundo más tarde, Elena emergía a la superfície, llenando con fuerza sus pulmones. Buscó la mano de la niña y encontró la de Carlos:

- Cariño, ¿estás bien? ¡Elena, contesta! ¡Elena!


- Sí, sí... Es...es...toy bien – acertó a contestar Elena. - ¿Dónde está la niña?

- ¿Qué niña? Aquí no hay ninguna niña.


- Ella me sonrió. Llevaba un bikini rojo. Me cogió de la mano. Ella... Ella era yo


- Tranquila, cariño. Tranquila. Todo ha pasado. Tranquila. Jamás te dejaré sola. Te quiero.

Elena abrazó con fuerza a Carlos. Sonreía. Sonreía con todas sus fuerzas, porque ya sabía quién era. Su niñez se lo había recordado.

A lo lejos, pareció intuir la silueta de una niña que, cubierta con su toalla preferída, se alejaba de la mano de su padre. Ella volvió la cabeza una vez más y una última sonrisa devolvió a Elena a la vida. A la vida que a partir de ahora empezaba sólo para ella.

FIN



martes 16 de junio de 2009

Elena

Elena clavaba sus tacones con decisión en la superfície de asfalto de la carretera. Jamás se imaginaba terminar así su vida, pero las vidas son muy enigmáticas y siempre te sorprenden con destinos inciertos y hasta a veces espeluznantes.
Llevaba ya un tiempo caminando sola. Lo había dejado todo atrás: padres, hermanos, pareja, y hasta su mascota. No tenía nada, nada a lo que aferrarse. Nada que le instara a seguir viviendo.
Había perdido el poco dinero que le quedaba con su afición descontrolada al juego. Sabía que tenía un problema, pero ya era demasiado tarde. Nadie podría ayudarla.
Sí, estaba decidida. Aquella misma noche terminaría con su vida. Le pondría punto y final a una existencia que no había aportado nada al mundo. Una existencia ruín y mediocre que sólo se merecía ese final.
Cada vez más cerca, sus retinas vidriosas acercaban a vislumbrar la vieja fábrica. Tras la misma, Elena sabía que encontraría el río al que iba de pequeña con su padre a pescar. En aquella época el río estaba más caudaloso que nunca, y sus aguas corrían violentas por el cauce pedregoso que las contenía. Pero aquella noche estaban aún más furiosas que nunca. Chocaban fuertemente con los límites del cauce y muy a menudo se escapaban de él, empapando la vegetación que crecía a sus orillas. Quizás sabían que Elena llegaría. Tal vez recordaban su rostro inocente y sereno de la niña que antes allí acudía. ¿La reconocerían ahora, demacrada, con arrugas, las ropas sucias y rotas y el pelo estropajado?
Elena se detuvo. Por fín había llegado al camino que conducía a la fábrica y al río. Cuanto más avanzaba, más clara tenía su decisión de darle fin a su vida allí mismo. Era el lugar perfecto.
Cuando finalmente llegó, se sentó en un viejo banco donde años atrás su padre depositaba la cesta con los peces pescados, que luego se cocinaban en los fuegos de la casa de la abuela. Todo lo que se cocinaba en casa de la abuela estaba riquísimo. Sabía a experiencia y a sabiduría.
Fijó su vista en el agua del río. Recordó lo que su padre le había dicho un día:
- Elena, no se te ocurra nunca venir sola aquí en invierno. El agua está demasiado helada y cinco minutos en ella bastarían para morirte.
A Elena le encantaba nadar por el río. En verano el agua bajaba mucho más mansa, y no había ningún peligro. Además, el calor sofocante de la zona se apaciguaba increíblemente cuando te zambullías en aquellas aguas frías.
Elena decidió que ya había llegado el momento. Pensó en sus padres, ya ancianos; en sus hermanos pequeños, con toda una vida por delante; en su perrita Lula, tan cariñosa ella; y en su novio, Carlos, que tanto le había apoyado y que tanto insistió en buscar solución a su problema. Se había portado mal con todos ellos. Su obsesión por el juego la había convertido en un muñeco frío y egoísta que destrozaba todo cuanto encontraba a su paso.
Quiso dar su último suspiro, cerró los ojos y se encaminó hacia el límite del río. Sintió el viento alentador en sus entrañas y se dejó caer. Por última vez, se dejó llevar por el entorno y cayó en un profundo vacío.
Transcurrieron unos segundos hasta que Elena volviera en sí. No notaba el agua, no sentía frío e incluso podía respirar. ¿Qué sucedía? No entendía nada. Abrió los ojos y lo que vio la hizo estremecerse. ¿Habría muerto ya?

CONTINUARÁ ...

jueves 4 de junio de 2009

Ser diferente

Desde pequeña quise ser diferente. Quise, además, ser perfecta. Diferente y perfecta, una mezcla peculiar, sí. Pero bueno, era mi sueño y yo sabía que podía conseguirlo, porque ya tenía un ingrediente muy importante para hacerlo: valentía.
Empecé a andar antes que ningún otro niño de mi edad. Estaba contenta, pues YO era diferente, era distinta al resto. Aún no era perfecta, pero me acercaba más a serlo. Miraba por encima del hombro al resto de niños, y les sacaba la lengua con un gesto burlesco para que supieran que sólo YO era especial.

Pero al mes siguiente, muchos más niños de mi edad también empezaron a andar, y yo dejé de ser diferente para ser símplemente “igual”. Odiaba esa palabra. ¡Yo quería ser diferente!

Así que fui la primera niña que empezó a hablar. Cuando digo hablar, me refiero a hablar claramente, no a los típicos “ba ba ba ba” ni “pa pa pa pa” que dicen el resto de los críos. Yo hablaba. Decía palabras como “Mamá, papá, agua, comida, ...”. Y estaba contenta porque volvía a ser diferente. Y un pelín más perfecta, también.
Pero unas semanas más tardes, mis estúpidos compañeros empezaron también a pronunciar palabras como las mías. Así que volvía a ser de nuevo “igual”.
De manera que, con muchísimo esfuerzo, conseguí ser la primera niña que aprendió a leer. Mientras mis compañeros de clase estaban aún por la letra B del abecedario (pobres ellos...), yo ya leía “El principito”. Mis padres estaban orgullosísimos de mí, y yo lo estaba más aún, porque volvía a ser diferente. Y un poco más perfecta.
Pero los muy tontos aprendieron mucho más rápido el resto de letras del abecedario sólo para fastidiarme, y muy pronto varios niños ya podían leer igual que yo. Les odiaba sobremanera, no os lo podéis imaginar. Cómo le gusta a la gente destrozar los sueños de los demás...

Menos mal que mi cabezonería no cesaba, porque fue ello lo que me dio fuerzas para superarme y conseguir ser la primera niña que... ¡Aprendiera las tablas de multiplicar! Fue todo un logro para mí. Me las aprendí cantando, después sin cantar, después escribiéndolas. Me las sabía de memoria, no me equivocaba ni en una.
Pero pronto llegó la estúpida listilla de la clase que quiso poner fin a mi protagonismo. Además, la muy asquerosa se sabía hasta la tabla del 14, cuando yo sólo había llegado a aprenderme hasta la del 10. La envidiaba con todas mis fuerzas...

Y seguí así toda mi vida. Siempre buscaba destacar en algo, ser diferente a los demás. No soportaba la idea de ser igual al resto, de no tener nada que me identificase. Tenía miedo de caer en el olvido, de que nadie se acordara de mí. Pero cada vez que encontraba algo en lo que destacar, al poco tiempo alguien me bajaba de escalón para ponerse en el que había sido mi lugar.

Y al fin llegó el momento en el que me harté. Estaba desesperada. Toda una vida intentando ser diferente, y al final siempre terminaba siendo igual. Un día, entre lágrimas, le conté mis desgracias a un viejo sabio, para ver si me podía ayudar.

- Hija, no puedes estar más ciega – me dijo.

Yo no entendía nada.

- ¿Pero es que no lo ves? Siempre has sido diferente. Desde que naciste lo has sido.

Aquel sabio me pareció en aquel momento el ser humano más estúpido del mundo.

- ¿Pero qué dice? - le respondí con cierta incredulidad, negando con la cabeza.
Desde que naciste has tenido clara una cosa: querías ser diferente. Has luchado por destacar en cualquier tema que se te presentara. Y nadie más ha luchado como tú. Has conseguido ser la primera en lograr muchas cosas que otros niños de tu edad no habían alcanzado, y nadie más ha sido el primero o la primera en conseguirlo. Sólo tú. Has demostrado un afán de superación increíble, y te has mantenido siempre fiel a tu idea. Y sólo lo has demostrado tú.
Con esto te quiero decir que has estado buscando toda tu vida algo que ya tenías.

Y entonces me empezó a parecer más estúpida mi postura y mis actuaciones...

jueves 28 de mayo de 2009

De compras con tu madre

Vuelvo a colgar un monólogo que colgué hace ya tiempo en este blog, y que he modificado bastante. Espero que os guste.

Las madres... ¿Qué gran enigma, eh? Muchas veces nos preguntamos “¿Y por qué no seré yo adoptad@?”
Y es que a nosotros no nos dan nunca una ecografía de nuestra madre. Si luego no te gusta, ¡Hala, te fastidias!
Debe haber una ley natural entre hijos y madres que hace que lo que les gusta a los hijos, no les guste a las madres, y a la inversa.
Un ejemplo claro de esto puede ser ir a comprar ropa con tu madre. Las conversaciones en estos casos suelen ser muy parecidas:
- Me gustan estos pantalones, mamá. ¿Me los compras?
- Ni loca te compro yo eso. ¡Si parece que te has cagado encima, con los pantalones ahí colgando!
- Pero mamá, es que esto es lo que se lleva ahora ...
- Lo que se lleva ahora... Anda, pruébate mejor estos pantalones...
Y te enseña unos pantalones de cuadritos rosas y azules de un tiro taaaan largo que hacen desaparecer tu ombligo como por arte de magia.Y te preguntas:“¿qué le habrán hecho a esta mujer los ombligos?
Cuando ya te has cansado de discutir, aceptas que son unos pantalones preciosos y, por esa increíble y misteriosa psicología que las madres utilizan con sus hijos, terminas comprándotelos, y los que a ti te gustaron desde un principio, se quedan abandonados de nuevo en la estantería.
Entonces llega el momento de acompañar a comprarse ropa a tu madre. Y eso sí que es una pesadilla, porque lo primero que le dice tu madre a la dependienta es que, como resultado del increíble régimen que ha hecho, la ropa del año pasado le queda grandísima, y necesita comprarse ropa nueva. Tanto la chica de la tienda como tú escaneáis de arriba a abajo a tu madre, pasando la mirada por todas esas morcillonas que asoman por la cintura del pantalón. Tu madre, que tiene un problema de anorexia inversa (es decir, que se cree delgada cuando está gorda) interpreta estas miradas como una admiración hacia su cuerpo y nos dice a las dos:
- No os preocupéis. Si os cuidáis, cuando tengáis mi edad estaréis igual que yo.
Después de esto, la dependienta empieza a enseñarle ropa a tu madre y, como es normal, le pregunta la talla que usa. Lo que no es normal es la respuesta que le da tu madre, que contesta sin dudar:
- Una treinta y ocho.
La pobre dependienta, que ya no se sorprende ante nada, le da a mi madre la talla treinta y ocho y se va de su lado . Entonces tu madre se va al probador y al rato te llama para que vayas a ver cómo le sienta. Y lo que ves al llegar te causa un trauma que no se te olvidará en la vida. Aparece ante tí una mujer con unos pantalones, ajustados no, ajustadísimos, con el estómago hundido para dentro y la cara de un tono morado que irremediablemente te hace entrar dentro del probador para descubrir la puerta secreta que ha cambiado a tu madre medio monstruo por un monstruo total. Tu madre comienza a impacientarse y te grita, intentando contener la respiración:
- ¡¿Bueno, me vas a decir qué tal me sientan o qué?!
Y tú, que ya no te puedes contener más, le contestas:
- ¿Sabes que hay tallas más grandes?
El resultado de esto es una madre cabreada que termina comprándose los pantalones sabiendo que le están pequeños, y unos hijos que se llevan a casa un pantalón hortera que desearían no haberse comprado nunca.
Y si sois chicas, os tocará lo peor porque, además de esos pantalones horteras, tendréis que colgar en vuestro armario los pantalones que se compró vuestra madre, que ya ha vuelto a dejar el régimen y ni conteniendo la respiración se los puede poner.
En fin, os aconsejo mucha paciencia con vuestras madres. Que sepáis que no estáis sol@s en la lucha.

miércoles 20 de mayo de 2009

El móvil

Miro el reloj. Son las ocho y diez. Observo atentamente el móvil. Pienso en lo cruel que es conmigo porque no suena cuando se lo pido. ¿Es que acaso le estoy pidiendo gran cosa? Con una simple llamada o unas palabras cariñosas que emerjan de su pequeño altavoz, yo me conformaría. Incluso me conformaría con una voz enlatada de contestador, o de operador, que me dijera amablemente aquello de "el número al que usted llama está apagado o fuera de cobertura en este momento", o algo así como "le llamamos para hacerle una encuesta de tal tema, ¿querría responder a unas sencillas preguntas?".
No sé, cualquier cosa. Pero que suene. Que lo vea vibrar de alegría, encendiendo y apagando su pantallita para captar mi atención.
Pero nada... Ni un simple movimiento. Ni tan siquiera un bostezo del aburrimiento. Mi móvil, ni inmutarse. Últimamente se las da él de ese talante burlesco que le caracteriza. Parece reírse entre teclase mientras me observa desesperada, a la espera de que, en los próximos segundos, pase a formar parte del pensamiento consciente de alguien, de quien sea... Y que ese alguien se disponga a llamarme.
Pero no ocurre. Me da la sensación que los próximos segundos ya han pasado y la oportunidad de que alguien me recordara se ha esfumado con ellos, casi sin despedirse, y con la misma cara burlesca con la que me observa desde hace tiempo el dichoso móvil.
Soy una desgraciada... Ahora mismo muchas personas que conozco están formando parte de mi pensamiento. ¿No podrían, tal vez, aunque sólo fuera por un segundo, regalarme una parte de su pensamiento? ¡Si yo no ocupo espacio! Tampoco es que necesite gran cosa...
Pero nada, que no suena. Bueno, se acabó. Ya está bien de compartir y no recibir nada a cambio. Mira, mejor, más pensamiento para mí.

sábado 9 de mayo de 2009

Jaime Sabines

Hola a todos!
Hacía ya tiempo que no pasaba por estos lares para dejaros unas palabras. Perdonádme, pero ando bastante liada y no encuentro el tiempo necesario para hacerlo. Ahora mismo estoy escribiendo un cuento infantil que quisiera finalizar para este verano, y por ello no encuentro momento para escribir algún microrrelato o relato. Pero intentaré escribir algo próximamente.
Mientras tanto, os dejo con un poema de Jaime Sabines que me encanta. No soy yo mucho de poemas, la verdad. Más que nada porque los encuentro demasiado retorcidos, complicados para mí, tan sencilla yo... Pero este me caló hondo. Escuché sobre este gran poeta un poema precioso cuyo nombre no recuerdo en boca de Carolina Villafruela, una chica que se hizo famosa en youtube por interpretar poemas.
Más tarde, navegando por la red, tuve la suerte de toparme con este gran poema narrado por él mismo. Os lo dejo aquí:
Poema en audio: Espero_curarme_de_ti de Jaime_Sabines por Jaime Sabines

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